La información entendida como servicio, y no como producto, reclama periodistas escépticos

Es gratificante comprobar que el interés por la información como bien común va ganando progresivamente el pulso a los intereses económicos que nos habían inculcado. Aprendimos que, al tratarse de un elemento del poder, la información se puede monetizar y convertir en un producto. Sin darnos cuenta, los periodistas nos hemos convertido en simples trabajadores de una industria que genera contenidos noticiosos listos para ser consumidos. Pero, ¿somos meros productores en las fábricas con valor bursátil que se han convertido los medios? Me niego a verlo así. La información es un derecho social que hay que preservar –y fomentar- con mimo.

A finales de septiembre del año pasado tuve noticia de que Bill Kovach y Tom Rosenstiel (autores del básico Los elementos del Periodismo) acababan de publicar un nuevo libro: Blur. How to know what’s true in the age of information overload (en español sería Difuminado: cómo saber qué es verdad en la era de la sobrecarga de información). Pese al interés que suscita todo lo que genera el támden responsable de uno de los think tank más poderosos en nuestra profesión, el Project for Excellence in Journalism, el libro no se ha publicado aún en español, pero su influencia se ha hecho notar. Su petición de un ‘periodista escéptico’ como única salvación ante los retos que nos depara el nuevo milenio.

Sólo la verificación de lo que dicen las fuentes y el acercamiento a los hechos con espítitu crítico hará que deje de pensarse en el periodismo como un producto comercial y comience a entenderse como lo que es: un servicio a la sociedad democrática. ¿A qué nos obliga a los profesionales un cambio de perspectiva tan profundo? Pues, según Rosenstiel y Kovach a desarrollar disciplinas y habilidades que el oficio ha venido cultivando desde antiguo, aunque últimamente se echen de menos.

Tom Rosenstiel lo resume en este vídeo grabado especialmente para un seminario de la UAH (11:50, subtitulado en español):

Rol de autentificador.En un momento en el que el ciudadano es bombardeado con más información, el papel del periodista es, según Rosenstiel, es de autentificador. Es el profesional que puede señalarle al ciudadano qué puede creer, qué hechos de entre todos los que se le presentan son confiables y qué paso de verdad. La función del periodista ya no es sólo contarle al mundo lo que está ocurriendo en el mundo, ahora debe organizar el tumulto informativo y apuntar lo que significan los datos que presenta, así como señalar qué no se sabe. Algo que para el ponente “es cada vez más importante.” (7:35)

Nuevos desafíos. “El periodista debe conocer y mostrar qué preguntas no se pueden responder todavía porque esos hechos aún no se han puesto en evidencia (7:49). Esto es más desafiante: los periodistas del siglo XX simplemente aprendían lo que podían y lo presentaban a la audiencia. La idea de que tenían que ocuparse de cosas desconocidas no era en realidad parte de la profesión.”

Periodismo como servicio.  “Ya no es más un producto, una narración que yo como audiencia pasiva tengo que leer. El periodismo se está transformando en un servicio: responda a mis preguntas.” (8:37)

Se precisan nuevas habilidades. “Este nuevo servicio demanda más de nosotros que el antiguo producto que les entregábamos” (8:52). Y requiere de los periodistas más habilidades de verificación, de escepticismo, que el anterior.

¿Qué pasa cuando las agencias de prensa se equivocan?

Cuando los únicos periodistas que acuden a las fuentes primarias, a las de origen, se contradicen, los periódicos también lo hacen. ¿De quién nos podemos fiar si nos fallan las agencias? Mal hacen los periodistas que dan por buenas las informaciones sin verificarlas porque proceden de fuentes aparentemente fiables.

No nos podemos dar por buenas las informaciones de nadie. Ni las de Science, ni de Nature, que son las cabeceras depositarias del conocimiento científico. Pero tampoco las del New York Times, aunque para muchos sea la biblia informativa.

En el estudio “Periodismo en la Era de Internet. Claves para entender la situación actual de la información periodística en España” se puede leer:

Las salas de redacción se han convertido en silenciosos semiencierros de sus profesionales. La vieja expresión de patear la calle ya no se concibe en su original sentido real y metafórico de búsqueda de lo que pasa en su escenario natural, allí donde la vida que se cuenta está latiendo (…)
Resulta sorprendente que, en esta situación, los periodistas no busquen noticias. Editan, gestionan, producen y valoran información. No la buscan. Sólo la conjetura parece marcar la diferencia más sustancial entre los medios (…)
Puede decirse que ya prácticamente el único periodismo digno de tal nombre (búsqueda real de información actual, de interés público, sujeta a la necesidad de la prueba y al aval de las fuentes) se ha recluido en las agencias de noticias. Ellas aportan los nutrientes básicos de los que se alimentan los medios digitales (…)

Pero, vaya. Qué pasa cuando una de las grandes contradice a otra. Hoy AP dice que Dayly Mirror ha ganado el juicio contra la modelo Naomi Campbell:

La Corte Europea de Derechos Humanos decidió el martes en contra de que el periódico tenga que pagar honorarios altísimos a los abogados de la modelo además de otros costos legales, argumentando que no eran acordes a la ofensa.

Sin embargo, EFE asegura que Estrasburgo da la razón a Naomi en la demanda contra el diario sensacionalista inglés:

El Tribunal Europeo de Derechos Humanos considera que el Reino Unido no violó el Convenio Europeo de Derechos Humanos al condenar a la editora del Daily Mirror por los reportajes publicados en 2001 sobre el proceso de desintoxicación de drogas de la modelo Naomi Campbell.
La sentencia de la sala cuarta del tribunal asegura que los reportajes de ese diario sensacionalista “no han contribuido a ningún debate social de interés general” y añade que la información fue “perjudicial” y provocó un estado de “angustia” en Campbell.
Según el Tribunal de Estrasburgo, la información supone “una intromisión desproporcionada en el derecho de Campbell a la vida privada”.