• "Señor Boot, soy un periodista de 250 dólares a la semana. Se me puede contratar por 50. Conozco los periódicos por delante y por detrás, de arriba abajo. Sé escribirlos, publicarlos, imprimirlos, empaquetarlos y venderlos. Puedo encargarme de las grandes noticias y de las pequeñas. Y, si no hay noticias, salgo a la calle y muerdo a un perro. Dejémoslo en 45." (Charles Tatum / K. Douglas en 'El gran carnaval', Billy Wilder)
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En la sociedad del conocimiento cambian antes los conceptos que las máquinas

No sé si nos estamos perdiendo en debates apasionados -y apasionantes- sobre nuevas máquinas  y software (en inglés) mientras se nos escapa algo esencial: lo que está cambiando a nuestro alrededor son conceptos, es la forma de percibir y entender el mundo. Siento la necesidad de frenar, de parar un poco y reflexionar con perspectiva sobre la lavadora en la que estamos metidos. Y mientras no salgamos para coger altura,  no veremos el bosque sino algunos árboles. Lo bueno es que somos muchos intentándolo. Lo malo es que el día sólo tiene 24 horas, y hay que estar atento a muchos fogonazos.

(vídeo, 4:10 m.)

La magnitud es global y esta nueva revolución que sufre la información necesita a los periodistas como gestores profesionales que somos de la información. (El vídeo dice que es la segunda revolución, supongo que se refiere a la imprenta como la primera y que ahora estamos en la etapa digital. Quizá sería más exacto hablar de la tercera, pues antes ya fue una revolución en sí el descubrimiento de la propia escritura. También he pensado que se refiere a un segundo paso en la Revolución Industrial, antes estaría el provocado por las máquinas y ahora, el de la información)

Pero, cuidado, como ha señalado Hiroshi Tasaka, la sociedad del conocimiento plantea una paradoja:

(vídeo, 6:44 m.)

Hay que volver a los escalones primarios para explicarlo, tal y como lo hizo Lamo de Espinosa: primero está la información, que es inerte y se puede acumular y es el objeto de trabajo del periodismo; después. En el segundo escalón, cuando la información se estructura conforma el conocimiento, que permite actuar y construir. En el escalón superior, la sabiduría es la meta tanto individual como social.

Los periodistas gestionamos el primer escalón, la información. Tenemos una de las llaves para que la sociedad del conocimiento se estructure correctamente. Las dudas surgen -es lógico- en un momento de cambio drástico de paradigma cuando la red demuestra que tanto información como conocimiento, los dos capitales considerados básicos previamente, se reproducen por sí mismos. Es uno de los efectos de la revolución social 2.0 de la que tanto hablamos.

Es cierto que en economía si yo tengo dos y te doy una, repartimos y pierdo una. En la sociedad del conocimiento repartir significa que nos enriquecemos los dos. Con la sabiduría no es tan fácil. Aún no hemos descubierto ni siquiera sus mecanismos, que están lejos de una simple articulación de conocimientos. Es un bien invisible y no cuantificable. Tampoco está tan claro que se pueda transmitir. Cuántos catedráticos repletos de conocimientos se alejan del concepto que yo tengo de sabio.

Pero, para volver al periodismo. Si la revolución 2.0 va a cambiar completamente todos los principios económicos que conocíamos hasta ahora. ¿Por qué todavía hay periodistas que se niegan a compartir la información? ¿Necesitan más información ellos mismos o un poco de sabiduría para comprender la profundidad de los cambios?

A lo mejor los mecanismos de la inteligencia colectiva también se ponen en funcionamiento en la profesión. Quizá sólo haya que esperar a que la suma de acontecimientos socioeconómicos y tecnológicos desencadene la respuesta de la multitud. Estaremos atentos.

Esa espiral del silencio que calla a los periodistas y hace hablar a los blogs

Fin de semana y tiempo para descansar y reflexionar. Maruja Torres, una columnista que generalmente me aburre -para qué nos vamos a engañar-, hoy me ha enganchado y he leído su columna en EPS de un tirón

amaruja.jpgBajo el título “Contra letargos”, Maruja viene a decirnos que internet romperá el “forzado letargo del paraíso”. Es decir, dejará paso a la información y al conocimiento. Y esto gracias a la imposibilidad de poner límites a la inmensidad de la red -y otros soportes que vendrán- y a su capacidad ilimitada de memoria.

Tiene razón, pero…

Ya tendremos tiempo de hablar sobre si se pueden poner limites legales, técnicos o psicológicos -que por ahí va- o de debatir sobre si esa memoria acumulativa contribuye a una infoxicación tal que ni los recuerdos más sangrantes hagan salir a nadie a ciudadanos y periodistas del letargo que dice Maruja.

¿De qué sirve que en distintos foros -y no sólo contraculturales- se denuncien las actuaciones de Estados Unidos en Guatemala, El Salvador, Chile, Irak o Guantánamo, por poner sólo ejemplos conocidos por todos y traídos reiteradamente a nuestra memoria por Noam Chomsky y otros pensadores de gran talla como Umberto Eco (a quien, por cierto, estos precedentes de intervención le hacen desconfiar también de la red)?

De poco. Y eso pese a que algunos medios se muestren críticos y “refresquen la memoria”. Aunque la propia CNN deje bien grabado en la retina de los espectadores, en directo y en los archivos audiovisuales el palpitar del globo. Porque la visión que da es una visión desde una sola perspectiva. Y, además, convierte los conflictos en infoespectáculos.

Y eso, pese a la acción interventora de los blongs, de la inteligencia colectiva y del comportamiento de las multitudes intercomunicadas, que permiten, sin duda, confiar en el desarrollo novedoso del fenómeno de la política 3.0 y abren nuevas vías de participación digital.

Pero no es el punto del equilibrio que trae la información paralela al conocimiento social lo que me ha llamado más la atención del comentario de Maruja Torres. Me he quedado con el arranque, con el augurio de que lo que pasará cuando el periodismo desaparezca y las pantallas de todo tipo se “hayan multiplicado hasta el infinito”.

Os brindo unos párrafos de Maruja que me sirven para continuar con la reflexión. Por supuesto siempre es mejor acudir al original completo:

Cuando el periodismo haya desaparecido y los periodistas nos hayamos reciclado –o mutado– en viajantes de comercio, vendedores ambulantes que, sin deambular más que por el ciberespacio, ofrezcamos a una amodorrada y obsesiva clientela el paquete, cada vez a mejor precio, de los sobresaltos –antaño, noticias– recogidos gracias a una red de confidentes o de subrrastreadores o de jóvenes genios de la informática carentes de escrúpulos.

Cuando el número de pantallas –de pared, de mesa, de bolsillo, de pecho, o proyectadas en nuestros párpados a través de un chip implantado en nuestros cerebros– se haya multiplicado hasta el infinito, y en la abarrotada superficie del planeta nadie necesite hablar con su vecino, pues dispondrá de la información que le apetezca, asequible a buen precio, quizá gratis –son los aparatos, estúpido, dirán entonces, lo que se convirtió en el negocio–, quizá también acerca de su vecino…

Cuando eso ocurra y se levanten las voces que convoquen el ayer, las voces moralistas –quizá crean ustedes que la mía lo es; no, en absoluto– que entonen cánticos por los buenos diarios de antaño y sus supuestas verdades de papel…

Entonces convendrá que sea recordado de nuevo el viejo adagio: el medio no es el mensaje, y si el medio se ha convertido en el mensaje es que el lector, antes, se ha convertido en cliente de las corporaciones, de los fabricantes de chismes.

Y deberemos recordar también que la inocencia o la malicia se encuentran en los ojos del que mira, en la billetera del que paga.

La demanda es cómplice, si no instigadora de la perversión de la oferta. Y la multiplicación del forraje –por interesada que resulte– no sobreviviría sin el estulto silencio de los corderos.

Maruja se refiere sin decirlo a la teoría de la espiral de silencio de Elisabeth Noelle-Neuman, por la que en situaciones de inestabilidad manifiesta, en la que los individuos tienen que tomar partido entre dos posturas, no siempre la toman abiertamente. Existe un miedo interno a expresarse y quedarse aislado, a no estar en la corriente dominante. También en los periodistas. Fermín Galindo lo expresa así:

b.jpgÉste es un tema complejo, pero es sabido que la posición de los medios, o un cambio en la posición de los medios, suele preceder a un cambio en las actitudes personales. La conducta de la gente se suele adaptar a la evaluación del clima de opinión pero, recíprocamente, también influye en las evaluaciones del clima de opinión en un proceso de retroalimentación que suele provocar una suerte de tendencias de opinión de distinta intensidad, pudiendo alcanzar su máximo grado en la conocida como espiral de silencio.

Chomsky ya lo expuso , con su clarividencia habitual, en un célebre texto sobre el control de los medios de comunicación:

anoam.gifEl papel de los medios de comunicación en la política contemporánea nos obliga a preguntar por el tipo de mundo y de sociedad en los que queremos vivir, y qué modelo de democracia queremos para esta sociedad (…)

Desde el momento en que un individuo no encuentra la manera de unirse a otros que comparten o refuerzan este parecer y que le pueden transmitir la ayuda necesaria para articularlo, acaso llegue a sentir que es alguien excéntrico, una rareza en un mar de normalidad. De modo que acaba permaneciendo al margen, sin prestar atención a lo que ocurre, mirando hacia, otro lado, como por ejemplo la final de Copa (…)

En vez de hablar de la guerra pasada, hablemos de la guerra que viene, porque a veces es más útil estar preparado para lo que puede venir que simplemente reaccionar ante lo que ocurre.

Deberíamos estar preparados para gestionar nuestros silencios, de los que somos dueños. No para que los gestionen desde los poderes, sean éstos oficiales o fácticos.

Precisamente ayer recordaba Dan3 en ComuniSfera el décimo elemento añadido por Rosenstiel el año pasado a los otros nueve de su libro esencial: “conocer y defender los derechos y responsabilidades de los ciudadanos”. Y concluía que los principios de Rosenstiel (y Kovach) “no deben quedar restringidos al trabajo en empresas o grupos periodísticos (…) pues son igualmente importantes para cualquiera que haga comunicación desde su casa o desde cualquier puesto profesional”. Para todos.

Y defender no es precisamente callar y dejarse caer en la espiral del silencio. Porque si no, ocurrirá lo que augura Maruja, que la expresión social buscará nuevas vías. Creo que ya lo está haciendo.