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¿Birmania o Myanmar? Con los topónimos a vueltas

Con los topónimos a veces uno se sorprende. La gran discusión en las redacciones es habitualmente cómo llamar a algunas ciudades españolas que han cambiado de nombre.

Siempre hay puristas del idioma y miedos a no ser políticamente correcto:

En momentos así, los libros de estilo actúan como jueces y salvan el pellejo del becario en apuros, y también de algún que otro redactor despistado. Por eso, en casos como el de Birmania/Myanmar, de plena actualidad por culpa de un desdichado ciclón y la tremenda reacción de sus autoridades, debería actuarse de la misma forma. No parece que se haya hecho así.

Según el Diccionario Panhispánico de Dudas:

Birmania. Aunque la denominación oficial de este país asiático ha adoptado la forma vernácula Myanmar, sigue siendo mayoritario y preferible en español el uso del topónimo tradicional Birmania, al menos en los textos de carácter no oficial. En estos últimos se recomienda recordar la denominación tradicional, junto con el nuevo nombre oficial. El gentilicio es birmano, que deriva del nombre tradicional y designa también la etnia mayoritaria de este país, así como su lengua oficial: «El Gobierno birmano dice que no tiene planes de liberar a la líder opositora» (País [Esp.] 20.6.03).

 

No obstante, la Wikipedia avisa de que oficialmente, en la Unión Europea y en la ONU, el nombre que se le da desde 1989 es Unión de Myanmar, o sencillamente Myanmar:
El término es utilizado en la documentación en español de las Naciones Unidas[1], recomendado por el Grupo de Expertos de las Naciones Unidas sobre Nombres Geográficos, y empleado también oficialmente por la Unión Europea.
 
Según el medio se utiliza una u otra denominación, y hay para todos los gustos:
El País no sigue los criterios academicistas, pese a que la RAE lo pone como ejemplo. No obstante, a veces advierte del cambio mediante la utilización de ambos términos.
No obstante, parece que sólo lo hacen cuando utilizan despachos de Efe, que es una de las pocas páginas que pone ambas denominaciones, una entre paréntesis. Terra es otra.
El Mundo, Cuatro  y Reuters utilizan directamente Myanmar y confían en que sus lecotores estén avisados.
Sin embargo, La Vanguardia, ABC, El Periódico, Público, La Razón, ADN o BBC prefieren seguir las recomendaciones de la RAE.

Seis razones para firmar los artículos

Estos días hay una fiebre repentina por los libros de estilo en los blogs que frecuento. Ya dije lo que pienso en su momento y he dejado algunos comentarios por ahí para reforzar la idea de que no me interesa si hay muchos o pocos, pues cada medio ha de tener el suyo. Me parece más importante que se cumplan y, sobre todo, que no sirvan sólo como diccionario de uso para los redactores. Para eso está el de la RAE, que es sólo uno. O en su caso el María Moliner.

Sea como sea, me he quedado con una frase de Pardina al respecto:

Muy recomendable la Style Guide de The Economist, esa revista excelsamente escrita donde ningún autor firma sus artículos.  

Una cosa no lleva a la otra, espero. No creo que su excelencia en la escritura se deba a no firmar los artículos.

En nuestro entorno, me parece un error que el periodista no firme sus trabajos. Lo digo con el resquemor de la herida en propia piel, pues he estado varios años en revistas donde no se firmaban los artículos. Por eso quiero exponer mis razones para pedir que el nombre del periodista aparezca junto a su trabajo:

  • Primera. El supuesto objetivo empresarial  de convertir cada ejemplar en una especie de obra coral, más que un objetivo editorial me parece una excusa para que cualquier cambio en una precaria redacción pase inadvertido. Si no hay firmas, es difícil que se nota cuando se va un redactor y llega otro.
  • Segunda. A los periodistas nos pagan de dos formas: una material (dinero y especies) y otra inmaterial, pero muy importante (nombre). La firma de un redactor es uno de los valores que se acumulan en su currículo. Que su nombre se conozca juega a su favor no sólo al buscar trabajo, sino en el día a día, cuando se acerca a las fuentes en busca de información.
  • Tercera. Aunque el periodismo es un trabajo en equipo, no es lo mismo un artículo firmado por un miembro de una redacción que por otro. Me gusta saber quién está detras de lo que leo/veo/oigo. La credibilidad depende en gran parte de esa visibilidad. En la red lo estamos viendo cada día. Esto es especialmente importante cuando hablamos de géneros interpretativos y de opinión; pero también en todos los demás: en los informativos, por ese refuerzo de confianza cada vez más necesario, y en los géneros dialógicos porque quiero saber con quién habla el entrevistado. Si soy testigo de una conversación, me gustaría ver a las dos personas que charlan. Para artículos sin firma, ya tenemos el editorial.
  • Cuarta. La firma del periodista humaniza su trabajo. No ‘ver’ a la persona que está detrás de una información  es como recibir la información de una máquina. No hay pálpito. Y ninguna cabecera de las que conozco por aquí tiene suficiente calidez como para reemplazar el látido humano de la firma
  • Quinta. La mezquindaz del medio no puede quitarle ese derecho al profsional. Porque, ¿qué gana una publicación poniéndose por encima de las personas que trabajan en él? ¿Se engrandece su cabecera mientras la figura de los redactores se hacen más pequeños?
  • Sexta. No puedo entender la comparación con otros trabajos creativos en los que, sin discusión previa, se reconoce la labor del autor. Que cada cual busque los ejemplos, que hay muchos y de sangrante cercanía.

Puede que la mala experiencia no me deje ver el tema con claridad, pero estoy abierto a otras perspectivas.

Algunas lecturas que me han hecho pensar:

Los periodistas españoles quieren cobrar sus derechos de autor

Despues del golpe militar, en los 70 en Argentina, las mujeres no podían firmar artículos

El día en que los periodistas se niegan a firmar como medida de presión

…o como salvaguarda de su conciencia

Libros de estilo particulares y gramáticas generales

Se nos había pasado a todos, creo.

Víctor de la Serna envía a Arcadi Espada un recorte de la última edición (2007) del Libro de Estilo  de El Mundo para recordarle que en el periódico no gusta eso de “violencia de género”. Sus redactores han de utilizar “violencia doméstica”. Lo contrario que Público.

tacos.jpgEs evidente que la violencia doméstica sólo se ejerce en el hogar, por lo que no define todo el problema. Si se utiliza el término, la redacción no es precisa.

La RAE no acepta de momento ‘violencia de género’, aunque todo hace pensar que lo hará en breve. No obstante, los libros de estilo no deberían utilizarse como diccionarios, que para eso ya está la Academia. El periodista no es el ‘perro guardíán’ de la lengua, pero es indudable que ha de tener un compromiso con ella. Los libros de estilo -propios de cada medio- son herramientas diferentes que los diccionarios y los manuales de gramática -que han de ser iguales para todos los hablantes del idioma- (Martínez Albertos dixit. PDF).

Quizá sea el momento de proponer que vuelvan los editores a las redacciones. Hay mucho que corregir. 

He buscado una entrada del blog de Javier Ortiz sobre libros de estilo que, cuando la leí, me hizo pensar. Él tiene mucho que decir sobre este asunto:

“Como algunos de los lectores de estos Apuntes saben, fui uno de los miembros del equipo encargado de redactar el Libro de Estilo de El Mundo. En cierta ocasión confesé por escrito –y vuelvo a hacerlo– que hice cuanto estuvo en mi mano para que ese Libro de Estilo no se publicara, o se publicara lo más tarde posible. Y expliqué el porqué: según he comprobado a lo largo de mis ya muchos años de profesión periodística, para lo que más sirven esos libros –que podrían ser de mucha utilidad, en otras condiciones– es para que los grandes jefes echen broncas a los jefes intermedios, y éstos a los redactores de base. Los grandes jefes están exentos del cumplimiento de cualquier tipo de norma. Por definición. De todas las normas, incluidas las deontológicas. Y a fe que lo demuestran.”