El Huffington Post ¿una mala influencia?

 The Huffington Post, el sitio web que fundó Arianna Huffington, se ha convertido en menos de cuatro años en uno de los blogs políticos más leídos de Estados Unidos. Es probable que el proceso electoral tenga mucho que ver en ello. El éxito hace que, además, le salgan algunos enemigos en los medios, que le acusan de ‘deformar’ la información hasta límites a los que habría que poner coto de alguna manera.

Anna Gau escribe al respecto en La Vanguardia para señalar la mala influencia que tiene para el periodismo el tipo de información que hace:

Los observadores y estudiosos de la comunicación en Estados Unidos -donde la Universidad de Columbia acaba de crear un máster en periodismo digital- siguen con alarma cómo la creciente vulnerabilidad económica de las empresas periodísticas y las nuevas tecnologías condicionan la información. No ya sólo su formato sino también su esencia. La blogosfera imprime carácter e impone productos como «The Huffington Post» (www.huffingtonpost.com), un diario digital que funciona como un blog. Raramente genera información propia, sino que la parasita de la prensa «clásica», a la que aventaja por el desparpajo de sus comentarios. Su éxito no depende tanto de informar como de sintonizar con las ideas y creencias de los lectores, embarcarles en una especie de charla sin fin.
Hace unos meses, el comunicólogo neoyorquino Eric Alterman advertía de que lo que está ocurriendo es una especie de choque de civilizaciones de la información que ya previeron hace más de un siglo dos intelectuales norteamericanos, Walter Lippman y John Dewey. El primero preconizaba una información exigente y vertical: el informador es el que sabe e informa al informado. Dewey en cambio auguraba una relación mucho más horizontal: todos sabemos y pensamos más o menos lo mismo, y nos lo contamos (…)
A los expertos les preocupa que llegue un momento en que no sea humanamente posible discernir entre rumores, opiniones e información, y es más, que el público -y los publicistas- estén encantados de que así sea. La tendencia ya se apunta en los canales de radio y TV por cable, cuyos comentaristas son cada vez más subjetivos. Hay quien teme que sea la realidad la que tenga que pedir perdón si no se parece a las noticias.


Sin embargo, este pensamiento no es unánime. Hay quien piensa que la inquieta cultura blogger está cambiando para bien la mentalidad de los políticos, y también la forma de entender y practicar la política. Y el proceso no tiene por qué afectar al periodismo ni a la esencia de la información.
 La propia Arianna Huffington opina que  el periodismo debe buscar la verdad, porque es su esencia:

“The pursuit of truth, no matter what, without any kind of flavor — that has always been the heart of good journalism.”

 

 

 

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Matt Drudge, ¿idiota con módem o periodista del siglo XXI?

Pedro Rodríguez, desde su atalaya neoyorquina, hace hoy semblanza de Matt Drudge en ABC. El viernes también habló de Matt El Mundo. La razón de traerlo al papel español es que, en una semana, este blogger y atípico periodista de nuevo cuño ha levantado dos grandes polémicas en su bitácora: la primera con la foto de Barak Obama con turbante y la segunda al publicar el destino del príncipe Enrique de Inglaterra en Afganistán.
El blog de Matt Drudge, el Drudge Report, con un aspecto bastante feo, por cierto, tiene en su haber otro de los grandes e insólitos golpes periodísticos producidos desde la red hace ahora diez años: el caso Clinton-Levinsky. Insólito por realizarse fuera de parámetros habituales de la profesión y de todos sus cuestionamientos deontológicos, pues Matt contó en su blog que Newsweek no iba a publicar la historia del presidente Bill Clinton y su becaria. Con el destino del príncipe Enrique también había un pacto de silencio en los medios.
Drudge marcó con el caso Levinsky un antes y un después en la política estadounidense, en el lavado de vestidos y en el periodismo moderno. Así describe al personaje Pedro Ródríguez:  
aadrudge_nr.jpgSe llama Matt Drudge. Vive lujosamente en Miami, tiene 41 años pero carece de formación universitaria o experiencia práctica en algún medio de comunicación. Lo cual no impide que sus admiradores le consideren como «el periodista más poderoso del mundo». Otros le califican como el «Walter Cronkite de la generación de Internet». Y, por supuesto, sus críticos le denigran como «un idiota con un modem» y una ridícula mezcla de cotilleos, historias pirateadas y bastante mala leche. Pero de lo que no cabe duda alguna es que su minimalista página en la Red (www.drudgereport.com) tuvo el año pasado más de 5.000 millones de «hits», incluidos periodistas profesionales que ayudan a multiplicar el impacto de sus «exclusivas».