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El riesgo del periodista con adjetivos y protagonismo, según Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa habló ayer en la última jornada del Hay. Es de esos personajes que me interesan poco y que, sin embargo, atiendo a lo que dicen. Como es de la casa y estuvo con el jefe, El País se hace eco. Elsa Fernández-Santos reseña sus palabras en la crónica del acto, en el que, como es natural, se cruzaron el periodismo y la literatura:

El autor de La ciudad y los perros (…) ofreció en solitario una conferencia-autoentrevista sobre sus novelas y sus lecturas. Una vida literaria, recordó, que desde muy joven estuvo marcada por su paso por el periódico La crónica y por el aprendizaje de un oficio que parecía puramente alimenticio y que acabó siendo “apasionante”.

“Mi vocación siempre fue la literatura, pero nunca me ha gustado la idea de una escritura alejada de la realidad. Para mí siempre ha sido importante tener un pie en la calle, porque de ahí viene gran parte de mi energía. Una impresión de realidad que no me gustaría perder nunca. Y eso es para mí el periodismo, un puente con la realidad”.

Vargas Llosa habló (…) del “esfuerzo de la claridad” y de cómo una generación como la del 98 forjó gran parte de su obra en los periódicos. Citó a Azorín (“uno de sus textos más bellos, acaso el más bello, La ruta de Don Quijote, es un reportaje periodístico, una delicia de periodismo y literatura”), a Ortega y Gasset (“que tocó los temas más complejos sin perder nunca el rigor y que puso la alta cultura en contacto con el público”) y a “documentos vividos” como la mítica A sangre fría de Truman Capote.

El escritor hispanoperuano recordó (…) la primera frase que decía en sus clases de Harvard el catedrático Raimón Lira: “Los adjetivos se han hecho para no usarlos”, para afirmar que el reportero-cronista que se convierte en protagonista sólo consigue “destruir su trabajo”. “Un escritor de periódico tiene que ser lo más invisible posible, es un mero transmisor. El lenguaje literario en un periódico puede sonar pretencioso y ridículo”, añadió Vargas Llosa, que apuntó otra preocupación: “Por hacer un periodismo entretenido, no sólo en el sentido de ágil, sino por buscar a toda costa el entretenimiento del público, se va relegando a un segundo plano la objetividad y, lo que es más importante, la información. El auge del periodismo amarillo está infectando a los periódicos más serios”.

El director de El País [Javier Moreno] coincidió con el escritor en que el periodismo sensacionalista (que no es un problema en los países, como el Reino Unido, donde la forma marca la diferencia entre ambos) sí es una amenaza cuando llega disfrazado de lo que no es.

ACTUALIZACIÓN: Veo, después de haber colgado este post, que Arcadi Espada le hace una corbata a Moreno con sus palabras. Estoy de acuerdo con Espada. Y lo siento, porque El País sigue siendo a pesar de todo mi diario de referencia.

En este tema, como ya expuse en su momento, creo que se ha equivocado.

“El periodismo está en su mejor momento cuando es asesor independiente del público, no cuando se inclina ante sus humores.” Furio Colombo

Hoy va de columnas (y de Espadas en alto)

Traigo aquí la reflexión sobre el lenguaje, primero de los periodistas, luego de los estudiantes y después del resto de la sociedad, que hace hoy Elvira Lindo en El País. Bajo el título “Marujeo” se esconde una sonrisa y un asentimiento, porque es eso mismo lo que ocurre. Es la marea del habla, que ha hecho que los niveles de comunicación se mezclen. Para bien o para mal.

“La Audiencia Provincial de Sevilla ha condenado al programa Aquí hay tomate a indemnizar a la duquesa de Alba en una sentencia escrita con tan elocuentes palabras: “El marujeo no puede ni debe erigirse en una sociedad de hombres libres como modelo”. ¿He oído bien? ¿Marujeo? Dios mío, teniendo más razón que un santo, ¿era necesario emplear una palabra tan manoseada para describir la supuesta tendencia genética de las señoras al cotilleo? Si seguimos así, a Roca lo acabarán condenando por fistro y al ex teniente de alcalde mallorquín que pagaba puticlús con cargo al Ayuntamiento por pecador de la pradera.”

Y, como va de columnistas (ellas), también reseño “La Mía” de hoy en ADN. Mariola Cubells nos cuenta “Cómo hacer más amarillo lo que es amarillo“. Verdad como la vida misma. Acaba así:

“Después el ejecutivo recibió en su despacho, a solas, al productor y al director del programa. Entonces les pidió que convirtieran aquello que había visto en un programa de sucesos con un punto de humor en lugar del “programa de investigación” que les había salido. Y en ello están. Trabajando horas, rehaciendo, calentando más las bocas de los que intervienen en el programa, grabando otra vez áridas conversaciones. Cuando acaben de reconstruirlo, lo podrán ver ustedes en sus pantallas.”

Pero no me voy a olvidar de ellos y menos, cómo no, de Arcadi, que hoy da un salto adelante con tirabuzón y triple pirueta mortal con un escueto post en El Mundo por dentro. Lo titula “¿Mentiras y plagios en el periódico?” (Espada se refiere siempre a El Mundo como “el periódico”):

Se espera la respuesta del periódico.

Lacónico, pero muy efectivo. Supongo que habrá hecho saltar algún resorte en la propia redacción del “periódico”. También sospecho que sigue en la línea de la entrada de ayer, que empieza suave:

“Luis Martínez traduce y resume hoy en el periódico una información del Times sobre la verdad y el dinero. Errol Morris, autor de un documental sobre las torturas de Abu Ghraib, reconoce haber pagado a algunos testimonios.”

Y acaba fuerte:

Es realmente llamativo que la excelencia se confunda con la candidez. Las noticias exclusivas sólo llegan al periódico por dos vías de interés: hacer negocio o hacer daño. Por desgracia para Rosenstiel el make sense no suele mover a la fuente. En realidad si no se tratara del negocio o del daño no haría falta el periodismo. La única función del periodismo es comprobar si los canallas dicen la verdad, dado que los santos ni se acercan. Si no pagarle a la fuente fuera un antídoto contra la dramatización o las ganas de agradar el trabajo sería bien sencillo: de nuevo inexistente. Como cualquier poseedor de materias de primas de interés las fuentes quieren cobrar. A veces no les basta con la posibilidad del negocio futuro o de la venganza que obtendrán tras la publicación de lo que conocen. Quieren algo a cuenta. El periodismo debe ver si vale la pena pagarlo. Como cantaría Krahe: ‘Ay qué tiempos tan precarios/todo en manos de becarios’.”

En el mismo post, la respuesta del periodista aludido, Luis Martínez, bajo la rúbrica “Correspondencias”. Que vaya por delante que no estoy de acuerdo en nada de lo que dice:

Estimado Arcadi, Mal. No vale utilizar sólo una parte de una argumentación para declararla no válida. En el artículo que comentas hoy, en efecto, Rosentiel se limita a defender su silla. Si cobra por defender la ética del periodismo desde el Projecte for Excellence in Journalism (o desde de la Pompeu Fabra, qué más da), lógico es que suelte bobadas del tipo: “Si se paga, se deja la puerta abierta para que se dramatice, se actúe, y no se cuente, simplemente, la verdad”. Ponte en su lugar. Tú mismo (tú que conoces el precio de todo, pero no das valor a nada. Así define Wilde al cínico) ejerces desde el mismo tribunal y con el mismo gusto por el aforismo resultón (“El periodismo debe ver si vale la pena pagar”). En cualquier caso, lo que se discute no es ni el chascarrillo de Rosentiel ni el tuyo. De lo que se habla, y de ahí el escándalo (o lo que sea), es que Morris haya ocultado que pagó a los entrevistados. Hubiese bastado una nota al final de la película. Las declaraciones que hizo en el festival de Berlín y las que ha hecho en el festival de Tribeca le ponen al descubierto como un tramposillo (no llega a tramposo, es cierto). Evidentemente, lo de la ética periodística es como lo del pensamiento navarro, pero más grave (sin exagerar, eso sí) es sustituir el razonamiento por la ocurrencia. El problema de la prosa oscura (o demasiado clara, qué más da) es que corre el riesgo de convertir el pretendido cinismo en simple estupidez, esa enfermedad extraña que no la sufren los que la padecen, sino los que rodean (o leen el blog, qué más da) al enfermo.

La contestación de Arcadi ha sido publicar la carta. Podría haberle dicho “Estimado Luis, Mal”, pero queda mejor así porque el periodista queda peor.

A veces nos puede la soberbia de la pluma. Qué pena.